SEGUNDA PARTE: Su padre llevaba tres días muerto, pero ella aseguró que estuvo con él la noche anterior

El funeral de Don Ernesto transcurría en completo silencio. Familiares y amigos se habían reunido en la antigua mansión para despedir al reconocido empresario, cuya muerte había ocurrido tres días antes.

Junto al ataúd estaba Marta, una mujer de 55 años vestida completamente de negro. Aunque muchos sabían que había mantenido una relación cercana con Ernesto, casi nadie conocía los detalles.

Todo cambió cuando Gabriel, hijo del fallecido, observó algo en la mano de Marta.

Era un antiguo anillo familiar que había pertenecido a su madre.

Furioso, se acercó a ella.

—¡Quítate ese anillo! Era de mi madre.

Marta levantó la mano y respondió con una tranquilidad que desconcertó a todos:

—Tu padre me lo dio anoche.

Gabriel quedó inmóvil.

—¡Mi padre murió hace tres días!

Marta perdió el color del rostro.

—Entonces… ¿quién estuvo conmigo anoche?

La historia de Marta parecía imposible

Los presentes comenzaron a murmurar. Algunos pensaron que Marta estaba mintiendo para justificar cómo había conseguido el anillo.

Pero ella insistió.

La noche anterior alguien había llamado a la puerta de su casa cerca de la medianoche. Cuando abrió, encontró a un hombre vestido con el abrigo gris que Ernesto utilizaba habitualmente.

Marta aseguró que era él.

El hombre apenas habló. Le entregó una pequeña caja y le pidió que no la abriera hasta después del funeral.

Dentro estaba el misterioso anillo.

Gabriel no quiso creer una sola palabra.

—Mi padre estaba en la funeraria. Eso que cuentas es imposible.

Entonces Marta recordó algo importante.

—No solamente me entregó el anillo. También me dijo una frase.

Una frase cambió completamente el funeral

Gabriel exigió saber qué había dicho.

Marta respiró profundamente.

—Me dijo: “Cuando Gabriel vea el anillo, dile que busque detrás del retrato de su madre”.

El rostro de Gabriel cambió.

En la mansión había un enorme retrato de su madre fallecida colgado desde hacía más de veinte años.

Nadie entendía cómo Marta podía conocer aquel detalle.

Gabriel corrió hasta el antiguo salón y retiró cuidadosamente el cuadro.

Detrás encontró un pequeño compartimiento.

Dentro había una carta escrita por su padre y una llave.

La carta tenía fecha de varias semanas antes de su muerte.

El anillo no era el verdadero secreto

Gabriel comenzó a leer.

Su padre explicaba que llevaba meses preocupado porque alguien de su propia familia estaba intentando quedarse con parte de su fortuna.

Por esa razón había preparado varias pruebas antes de morir.

La llave encontrada detrás del retrato pertenecía a una caja de seguridad privada.

Pero había una frase todavía más inquietante:

“Si Marta tiene el anillo, significa que alguien encontró mis documentos antes que Gabriel.”

Todos miraron inmediatamente a Marta.

—¿Qué documentos? —preguntó Gabriel.

Ella negó saberlo.

Fue entonces cuando Gabriel comprendió algo: quizás Marta realmente había visto a alguien la noche anterior, pero ese hombre podía no haber sido su padre.

Marta recordó un detalle que había ignorado

Gabriel le pidió que describiera exactamente lo sucedido.

Marta cerró los ojos intentando recordar.

—Estaba oscuro. Llevaba el abrigo de tu padre y casi no habló.

—¿Le viste bien la cara?

Marta guardó silencio.

—No.

De repente recordó algo más.

El hombre tenía una pequeña cicatriz en la mano derecha.

Gabriel retrocedió inmediatamente.

—Mi padre no tenía ninguna cicatriz.

—¿Entonces quién era? —preguntó Marta.

Gabriel miró hacia los familiares reunidos en la habitación.

Él conocía a una persona con exactamente aquella cicatriz.

Y esa persona estaba presente en el funeral.

El misterio acababa de cambiar por completo: alguien se había hecho pasar por Don Ernesto después de su muerte para entregar el anillo y posiblemente encontrar los documentos que protegían su fortuna.

Ahora Gabriel debía descubrir quién estaba detrás del engaño antes de abrir aquella caja de seguridad.

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